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Un nuevo ciclo para un Barça campeón

Un nuevo ciclo para un Barça campeón

Dirá la estadística que el Barcelona conquistó a la orilla del Manzanares su quinta Liga en los últimos siete años. Dato que vendría a confirmar que, en realidad, el club no ha hecho más que retomar una epopeya que intuyó finiquitada tras la traumática marcha de Pep Guardiola en 2012. Pero, a pesar de que el hilo conductor continúe siendo el mismo, Lionel Messi, la idiosincrasia de este equipo ha mutado. Tanto que la gloria del pasado no parece ser suficiente para interpretar el éxito del presente. Justo lo que demandaba un grupo al que la difícil reinvención de Luis Enrique libró de su prematura condena. Un grupo de futbolistas que inicia un ciclo reconquistando el título en el campo del campeón, y que se dispone a igualar un triplete que, en 2009, pareció inigualable.

La poesía bañada en esperanza de Martí i Pol dio paso a la prosa acelerada de Kerouac, y el ‘punk’ engulló a la orquesta de cámara. En el subsuelo no se vive tan mal. El gesto duro del nuevo entrenador, tan incómodo para los capataces como para los jornaleros, fue la metáfora de la sublevación. Y los futbolistas, una vez abandonado el libertinaje y el desgobierno de los tiempos de un Gerardo Martino que ni siquiera fue capaz de encabezar una transición que Tito Vilanova no pudo concluir, acabaron por agradecer el regreso a la cultura del trabajo. Al fin y al cabo, es lo que cuenta en el deporte.

En la génesis de la recién estrenada gloria de este nuevo Barcelona, la constante necesidad de tomar la Bastilla. Como si los problemas, más que entorpecer, ayudarán a crecer.

Nunca las cicatrices sentaron tan bien. La más visible, la grabada tras el enfrentamiento de los dos grandes responsables de que el Barcelona consumara su primer gran título de la temporada, Luis Enrique y Messi. El primero, cuyo futuro desconoce el gobierno del club, aceptó el papel de pantocrátor de su futbolista franquicia. El segundo, tal y como exigía su espléndida madurez, redescubrió las bondades de su cuerpo, ahora más atildado y fibrado, merced a la obsesiva fijación del entrenador en cuidar y potenciar el físico de sus hombres. Sin el joven preparador Rafel Pol y el exhaustivo control tecnológico al que se vieron sometidos los jugadores durante todo el curso -esencial para limitar las lesiones musculares-, tampoco hubiera sido posible. Para muestra, su impoluto rendimiento desde la catarsis de Anoeta. Verdadero escenario fundacional.

Los grandes equipos acostumbraron a nacer mirando a la soga. Sandro Rosell, vicepresidente deportivo en el primer gobierno de Laporta, pretendió despedir a Frank Rijkaard por Pere Gratacós. A Pep Guardiola lo martirizaron al iniciar su trayecto perdiendo en Los Pajaritos. Y Luis Enrique, al que la junta de Bartomeu tuvo sentenciado, hubiera acabado la temporada al sol y buscando con Juan Carlos Unzué nuevas cuestas por donde pedalear si el Barcelona no hubiera goleado al Atlético el 11 de enero.

La paciencia, la que el presidente no tuvo con Andoni Zubizarreta, acabó por dar la razón a Luis Enrique. Dejó el Barcelona en el primer tramo del curso partidos atroces en ese camino que debía alejarle de la pausa de antaño. Todo para perfeccionar un fútbol de perfil contragolpeador, con las áreas como nuevas zonas de procreación, y el tridente ofensivo -Messi, Suárez y Neymar- como razón de ser del proyecto. Un equipo bien sostenido por los porteros -33 partidos con la meta a cero en todas las competiciones-, certero en la estrategia y en el que Iniesta y Xavi, éste en su año de despedida, perdieron incidencia ante la plenitud física de Rakitic.

En definitiva, otro Barcelona. El más apropiado para nadar a contracorriente.

Fuente: ElMundo.com

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